no hemos leído juntos a Enrique Verastegui.
y no morimos de tristeza por eso.
miramos la calle que la lluvia llena
ebria hasta la mitad de granizo y de viento,
y no morimos por eso de tristeza.
tantas cosas, Madre o Iguana Azul Divina,
no hemos hecho juntos que se me irían los ojos
detrás de todas las cajas de frutas y verduras
del mercado de Olmos. pero hemos hablado
durante interminables noches de cigarrillos,
lunas de trapos de piso que chorreaban luces,
hablado tanto del tiempo y sus pirámides
de la vida y su pizarra, del amor en dromedarios,
que no haber leído juntos, Iguana Divina o Madre Azul,
no haber leído juntos a Verastegui, la lluvia,
y no morimos de tristeza por eso. acaso porque no
debemos ahora levantar sospechas de azúcar,
es preferible recordar dónde dejábamos las llaves
cuando uno de los dos volvía tarde, después del mundo,
y sin nada que decirnos, por alguna vez, sonreír.

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