descendimos a la playa
donde se llevaría a cabo
esa equis cosa,
con el mar contrahecho, justo ahí,
las algas parpadeando en las piedras,
miralas gobernar la escena,
mirá si no parecen narradores moribundos
los restos de caracoles marinos,
y el viento una mantis lenta, tibia,
que avanza con ojos milagrosos,
uno de nosotros consultó la hora
el cielo anaranjado, casi ausente,
descendimos de los automóviles
cargando ataúdes para orugas negras,
ella besó el día, o tal vez la noche,
estoy de paso dijo, o gritó, no lo recuerdo,
esa equis cosa se movió en dirección
a la gran ciudad de los hoteles perdidos,
quise tomar su mano
entonces se deshizo en caña de azúcar
en polvo, compartimos a duras penas
una cama de hospital, un velador encendido/

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