la mujer de Gregory Jacobs no hablaba
iba y venía por la vieja calle de piedra y 
calculaba el tiempo de hervor de los
alcauciles, sonreía si una vecina le alzaba la
mano y correspondía con un gesto que
años más tarde alguien desglosaría -en una
perdida reunión familiar del bautismo de
un niño que era ya un hombre- como el
gesto de una oveja antes de acostarse sobre
la paja, la mujer de Gregory Jacobs no se
fastidiaba si en su casa había grietas que
arruinaban la estética de las paredes, tam-
poco echaba espuma por la boca si el viejo
Gregory llegaba con olores del vino fermen-
tado en el estómago, ella ojeaba antiguas
revistas que habían pertenecido a sus
épocas de belleza, porque alguna vez en 
el centro -esto ella lotenía bien claro- los
hombres volteaban el cogote para mejor
mirarla y alguno alguna vez le dijo una
zalamería a la cara pero ella pasó imperturba-
ble porque solo pensaba en los alcauciles y
en el tiempo que llevaba el breve fuego 
debajo de la tiznada olla, en el patio de
atrás tenía cinco jaulas con cinco canarios
a diario los alimentaba y les cargaba el agua
necesaria para que juntasen fuerzas para
poder cantar, ella ya no cantaba, hacía como
cinco o seis vidas que no cantaba, un día o
quizá una noche él se quedó muerto en la 
cama y la mujer de Gregory Jacobs entonces
sacó los alcauciles de la vieja olla, los sacó con
un colador de aluminio del mercado de pulgas,
y retiró del fuego la olla, y se sentó en la cocina
y por tercera o cuarta vez en la boca
se le formó una palabra que nadie pudo escuchar/

No hay comentarios:

Publicar un comentario